miércoles, 5 de febrero de 2014

Una historia más......


Era un hermoso día, primaveral, soleado y despejado, en el pueblo de Campana en la provincia de Buenos Aires a unos  82 km de la Capital Federal.  Justine, era  una mujer que había nacido en dicho lugar en 1905  y nunca  salio de su pueblo, ella se sentía muy sola, la tristeza brotaba de sus ojos, aunque siempre estaba rodeada de amigos y familiares.  Decidió ir a   la plaza del  pueblo, la cual tenía senderos amplios  que a cada lado ofrecían fragancias de fresias y rosales. Las fresias eran de colores blancos y amarillos mientras que las rosas regalaban  intensos rojos en diferentes  gamas.
Tal vez allí, todo doliera menos, o el recuerdo activo la hiciera revivir aquel amor furtivo, ese que se siente una sola vez en la vida. Ese amor que te hace sentir inmensamente viva, donde cada célula de tu ser vibra con el solo rose de una mano o de una caricia. Ella notaba mucho su ausencia, lo extrañaba y anhelaba estar nuevamente con él.
¿Porqué se habían separado?, si era tan profundo su amor.
Recordaba sobre todo su dulzura, su suavidad, delicadeza y su mirada. Extrañaba sus abrazos y sus caricias. Sentía que no podía vivir sin él, que moriría por la abstinencia de no estar  a su lado, sin su calor, sin su olor, sin su piel. Nada ni nadie podía hacer que dejara de pensar en ese hermoso hombre.
Absorta en sus pensamientos recorría la plaza de punta a punta, a lo lejos se escuchaba el tren, seguramente ya había llegado a la estación el rápido que venía desde Buenos Aires a Campana. Esa estación de estilo inglés, que en marzo de 1875 comenzó a correr la primera locomotora desde el obrador de Campana, hasta el otro lado del río Luján, inaugurando un nuevo puente de hierro que reemplazaría al provisional de madera construido ni bien comenzaron las obras, esto le contaba siempre su abuela Angélica con quien siempre ella estuvo hasta el día de su muerte. Recién  el 13 de enero de 1876,  se producía el viaje inaugural con el primer tren que partiendo de la Estación Central y con destino a Campana, que  trasladaba  a bordo a autoridades nacionales y a presidentes de los directorios de los distintos ferrocarriles. También esta estación le traía inmensos recuerdos, era en la cual lo esperaba sentada en el banco de madera pintado de verde oscuro junto a la entrada donde corría una Suave brisa en las tardes de primavera. 
En lo más íntimo de su ser, algo le decía que él no era para ella, eran muy diferentes, pero ella no podía dejar de sentir, de amarlo sin entender a que respondía ese amor, un amor que era  infinito y eterno. Sensaciones inexplicables como de vidas pasadas,  estaban unidos desde siempre y desde siempre separados por algún suceso. No entendía porque no podía dejar de sentir ese sentimiento tan profundo por él, que la colmaba de amor y placer, pero al mismo tiempo la  lastimaba. Necesitaba ser feliz, luchaba por ello, cuando creyó que lo había logrado súbitamente, todo se desplomó, lo que era mágico se  tornó una confusión de mal entendidos e incomprensión.
Justine, seguía  pensando como fue que sucedió, que les faltó, que es lo que ella hizo mal.
Solo quería ser feliz, vivir en su pueblo natal  de Campana, casarse  tener sus  hijos  y ser feliz. Ella provenía de una familia de inmigrantes, muy trabajadores.
Hasta 1924, su padre trabajaba en el Frigorífico, el cual dio empleo a miles de trabajadores campanenses. Ese año un incendio destruye sus instalaciones. Desde entonces, Campana entró en una pronunciada decadencia que se prolongaría hasta la instalación  de la empresa Dalmine SAFTA, en 1954, cuyos hermanos de Justine encontraron trabajo allí.
Cuando ella cumplió 13 años empezó atrabajar en la casa de los Marqueosi una familia acomodada para aquellos tiempos del pueblo. Su trabajo era sencillo, algunos quehaceres domésticos y dama de compañía. Justamente en esa casa, trabajando,  en una reunión familiar, aparece él y se enamoró con solo mirarlo y repentinamente estaba en una maraña de sensaciones e ilusiones por un muchacho  del cual se había enamorado locamente, sin pensarlo.
Estaba oscureciendo y comenzaba hacer frío en la plaza, se prendieron los faroles y la iglesia ubicada en frente  empieza  a dar las campanadas anunciando la misa de las 19 hs. Seguía angustiada  y sola, abatida por el dolor de su pérdida, a lo lejos se divisa un Fort T, negro que transita por las anchas calles de tierra del pueblo. No debe quedarse más tiempo ahí, debe volver a su casa donde tal vez el recuerdo siga doliendo un poco más…

                                                                 

                                                           Miriam Giambuzzi

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